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Opinión

Yo, el peor de todos

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La palabra entre nosotros los dominicanos ha descalificado su magia, la hipnosis de lo verosímil, su poder de significación. De ese espacio de asombro, admiración, pensamiento y creatividad infinita, la palabra se ha convertido en un estéril y desolado territorio. Y los plumíferos oficialistas creen que yo soy el peor de todos porque lo digo.

Lo cierto es que estamos aturdidos de palabras vacías, de la burda manipulación del espíritu que caracteriza a la sociedad dominicana de hoy, del frío cinismo que ha convertido el saber implícito de la expresión en un equívoco.  Y cuando se oye hablar a un político, a un “estratega”, a un “comentarista”, a un plumífero enriquecido, ya no sabemos si habla para que podamos entendernos o solo para engañarnos. Nuestro signo es la desvalorización de la palabra, que se convierte en lo contrario de su naturaleza comunicativa, en un instrumento de ocultamiento. La palabra es  aquí una maldita ramera que sólo sirve para hurtarnos la verdad. Y quien quiera comprobarlo que oiga los programas radiales, que pinche el control de su televisor y haga un paneo a los programas de opinión, que se detenga un instante en los análisis sin el lastre de la inteligencia de los plumíferos multimillonarios que han agotado el catálogo de todo lo que ya no asombra a nadie en esta extendida prostitución de los valores. Que escuche los informes del Gobernador del Banco Central, que se muera de la risa buscando la carne de los Salamis que dicen las etiquetas que tienen, que vea un documental de Sandra Severino en el que Leonel Fernández, más que un Presidente de un país pobre, es un Ser superior que nos hace el favor de gobernarnos; que estudie la imagen en la televisión del vicepresidente Alburquerque desgañitándose para decir que se acabó la pobreza, que mire con asombro la gesticulación opresiva de Reynaldo Pared (“Marqués de Los Mogotes” y “Príncipe del barrilito”), y que se dé golpes de pecho tratando de penetrar las insondables agruras  de Bauta Rojas cuando describe las “bondades” de nuestro sistema de salud pública.

La sociedad dominicana es la sociedad de la mentira, una suerte de comedia del arte con un gracioso decorado en el que aplauden obispos, alguaciles y declamadores, políticos y comerciantes, beatos y corruptos de toda laya, muchachas lánguidas y putas rejugadas que tienen muchas muecas en la cacha del revólver, diputados con chamarras y cabilderos con leontina, funcionarios que tienen una querida en cada edificio que construye el gobierno, truchimanes que manejan el arte de mover cuentas en bancos extranjeros como si fueran prestidigitadores, generales a granel cuyas únicas batallas han sido sobre el vientre de sus amantes, politicastros que arman ventorrillos políticos para venderlos al mejor postor, “líderes” por yardas, traficantes de sueños que orillan las madrugadas repletos de balseros rumbo a las costas de Puerto Rico, izquierdistas trasnochados con sus sacos  cruzados de cuatro botones y el chequecito que les ensucia la conciencia en el bolsillo, damas piadosas que dedican sus días a combatir la pobreza que sus maridos producen, predicadores enronquecidos bridándote la última oportunidad para tu salvación, proyecteros incansables que te asaltan en la calle El Conde con la fórmula final para la salvación de la patria.

¡Oh, Dios, qué fauna, la de las ciudades! ¿Cómo pedirle a un pobre maestro que su discurso se parezca a la vida?

Mordida por el ángel de la muerte que le desgarraba el alma, Sor Juana Inés de la Cruz pasó inventario a su vida, y la halló mala. Entonces miró a los ojos de Dios en el espejo de la misericordia, y lanzó aquel grito famoso que ha recorrido más de tres siglos de un dolor universal: “Yo, mi Dios, soy la peor de todas”.  Esa confesión era el remordimiento, el cúmulo de sueños y aspiraciones fallidas que trató de inculcar en sus relaciones humanas, el malestar porque al mirar hacia atrás la condición del prójimo seguía siendo la misma, pese a que su corazón había impulsado la imagen utópica de un mundo que buscaba reconciliarse obstinadamente con su espiritualidad. Lo más parecido a Sor Juana es un maestro y un escribidor. Rata de biblioteca (como dijo el plumífero), mis reflexiones pueden estar alejadas de la tierra sólida del sentido común que define a los “hombres exitosos” de nuestros días, a los nuevos millonarios  que alguna vez fueron humildes profesores universitarios en la UASD, como yo; pero reúnen pensamiento y voluntad que parecen extraer fuerza de un bello sueño interior. Y eso sí que no lo pueden decir quienes usan la palabra para encanallecerla, aunque, como Sor Juana, yo sea el peor de todos.

Artículo publicado originalmente en el periódico Hoy.

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Opinión

Elogio de la locura: una rata es convertida en diosa

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Por Melvin Mañón

Las reinas del Caribe, el equipo dominicano de volibol, esforzadas, hermosas y comprometidas son el orgullo de muchos dominicanos pero ninguna de ellas fue escogida por los Mets de Nueva York para lanzar la primera bola.

Hay una dominicana también famosa Kathleen Martínez persiguiendo la tumba de la reina Cleopatra en Egipto. En la National Air and Space Administration (NASA) se destaca Scarlin Hernández premiada este año con el Galardón Nacional de la Juventud por sus trabajos en la construcción del telescopio James Webb. Por su parte, Covi Quintana lleva el arte y la nacionalidad a espectacular altura con su magnifica interpretación de “Soy Dominicana” y para aquellos que no quieran dejar el servicio público fuera está Julissa Reynoso dominicana que ostenta la representación diplomática de los Estados Unidos en España.

Tokischa

Tokischa

Pero ¿saben que? Los Mets no escogieron a ninguna de estas mujeres para lanzar la primera bola. Escogieron, a Tokischa, no porque fuera dominicana sino porque es un producto de la época, de una maquinaria que la impulsa, de unos medios que la difunden y de otros intereses comprometidos con la meta de enriquecer a unos e imbecilizarnos a todos.

Una rata es convertida en diosa protagonista de “Amor Realengo” porque como afirma ella “bajo mundo aquí tamo singando” y al emitir el “boletín de la hora” añade con el mismo desenfado: “si hubiera nacío varón, hubiera destapao a toa la prima mía, en una orgía toa la tía mía mamándome el guevo en fila”.

Si usted es capaz de encontrar mérito, disfrute o arte en esas letras, súmese a la legión de animales que así lo consignan en comentarios tan públicos, tan absurdos y obscenos como las letras de Tokischa y las de los demás del mismo género.

Todos estamos aquí en este mundo porque, sin necesidad de que ella lo diga “aquí singamos” y así ha sido siempre.

En las postrimerías de mi adolescencia vi de paso una mujer singular, acaso, extraordinariamente hermosa. “que bella” exclamé exaltado.  El Dr. Musa Mattar que ya era el esposo de mi prima más cercana y en ese momento estaba a mi lado, reaccionó en automático diciendo: “sí, pero suda, sangra, caga y mea”. En ese instante me pareció que su comentario profanaba aquella deidad. Hoy, ante el éxito fulgurante de Tokischa, el elogio masivo de seguidores testimoniado ampliamente en las redes, solo me resta esperar que pronto ella y los demás “artistas urbanos” empiecen a componer e interpretar letras y sonidos para sudar, sangrar, cagar y mear como me dijo Musa en aquella ocasión (y nunca me ocupé de verificar) había escrito Vargas Vila.

Debemos completar el ciclo y en su momento pedir cuentas. Por ahora y hasta que despertemos de la pesadilla, que siga la fiesta que aquí singamos.

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Opinión

La opción es el futuro, no el pasado

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El liderazgo mesiánico ha sido, a través de la historia, el enemigo mortal de la racionalidad y la vida democrática, porque su legado material cuesta años de lenta reconstrucción.

El mesianismo en el ámbito de la política destruye la moral de la sociedad y corroe la fe de los pueblos en las instituciones democráticas, sumiéndolos en la esclavitud espiritual que implica la dependencia material de un estado benefactor.

Existen infinidad de documentos y experiencias que lo confirman. No está lejano entre nosotros, por ejemplo, el recuerdo de un presidente en ejercicio entregando con sus manos cajas con su imagen de redentor impresa en ellas, conteniendo magras raciones de alimentos para un par de días en ocasión de la Navidad o de la festividad de las madres, cegado por los aplausos y el ruido desgarrador de una multitud golpeándose ante sus ojos para obtenerlas.

La posibilidad de un retorno de esa clase de liderazgo sumaría al país en la bancarrota material y moral. El ejemplo lo hemos visto a distancia en Venezuela, como también ha sido testigo el país de la manera en que la corrupción se adueñó en ese pasado reciente de las instituciones públicas, frente a lo cual no hubo control de ninguna especie; periodo en el que florecieron las fortunas más obscenas y lo clanes más perversos que hayamos jamás padecido.

Las elecciones del 2020 fueron una excepcional oportunidad para impulsar un relevo y promover nuevas formas de liderazgos democráticos que aseguren que el país continúe con paso firme la ruta hacia el futuro.

Por fortuna, hay suficiente donde elegir en cualquiera de los partidos, sea el del gobierno como en los de oposición para evitar en el 2024 el regreso a un oscuro pasado.

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Opinión

Europa y el descalabro

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Por Rosario Espinal

Mientras más se prolonguen las precariedades económicas, más posibilidades tendrán los políticos ultraconservadores de alcanzar el poder mediante apelaciones populistas.

La pandemia de la COVID-19 recordó al mundo que el progreso no es lineal; hay muchas piedras en el camino.

No es que antes de la COVID el mundo fuera de maravillas, pero, en general, las economías de muchos países avanzaban y se hacían esfuerzos serios de inclusión social. En Europa, específicamente, había mejorado sustancialmente el nivel de vida de la mayoría de la población en relativa paz política y con garantía de derechos diversos.

A principios del siglo XX, la pandemia llamada gripe española coincidió con la Primera Guerra Mundial. Ahora, la guerra no se hizo esperar. Apenas la COVID comenzaba a amainar, Rusia invadió a Ucrania en febrero 2022.

Hasta ahora, la guerra ha sido contenida en Ucrania, pero los efectos se han sentido por doquier, sobre todo en Europa. Hay una gran población de ucranianos desplazados a los países vecinos, el precio de los combustibles aumentó considerablemente en los meses posteriores a la invasión y luego llegaron los bloqueos de Rusia para transportar el gas a varios países europeos.

En este momento no se vislumbra acuerdo posible para terminar la guerra y el conflicto podría escalar antes de terminar.

En general, el estado precario de la economía pospandemia genera descontentos y en Europa el declive económico es severo. En consecuencia, se producen virajes en los gobiernos y proliferan los extremismos políticos.

En Gran Bretaña cayó Boris Johnson y en Italia Mario Draghi. El gobierno británico sigue en manos de los conservadores con la nueva primera ministra Liz Truss. En Italia acaba de ganar mayoría la ultraderecha con Giorgia Meloni a la cabeza.

Las consignas de los líderes europeos ultraconservadores son las mismas: ataques a la burocracia de la Unión Europea en Bruselas por supuestamente representar a las élites y olvidar al pueblo (son los euroescépticos), rechazo a los inmigrantes, a los derechos reproductivos de las mujeres y a los derechos LGBT (en Gran Bretaña más enfocados en los dos primeros puntos).

Esas fuerzas ultraconservadoras europeas están vinculadas a su contraparte en los Estados Unidos (el Partido Republicano), y también a Putin, propulsor de la agenda conservadora nacional integrista. El caso más ilustrativo es Víctor Orbán en Hungría (epítome de las nuevas autocracias): aliado de Putin y de los más derechistas republicanos, atacante constante de la Unión Europea, a la cual pertenece Hungría, y de los derechos de las mujeres y LGBT.

En Alemania, Austria, Suecia, Francia y España también han avanzado significativamente los partidos de ultraderecha. Y mientras más se prolonguen las precariedades económicas, más posibilidades tendrán los políticos ultraconservadores de alcanzar el poder mediante apelaciones populistas.

Hacer política desde el extremo radical (en este caso de derecha) es atractivo en tiempos de crisis económica porque mucha gente necesita identificar culpables para expresar sus frustraciones y energizarse. En la práctica, sin embargo, esos proyectos políticos son violadores de derechos y tienen dificultad para impulsar políticas públicas coherentes por el caos que generan para validar sus agendas de exclusión.

Europa transita un momento difícil y el descalabro de la Unión Europea tendría trágicas consecuencia, dentro y fuera de sus fronteras

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