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Editorial

El Código de Ética Oficial y la Austeridad Gubernamental

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Un código de ética es un instrumento de presión y al mismo tiempo un rasero para medir las actuaciones de los individuos con responsabilidades delicadas.

El Código de Ética que con ribetes de magnificencia ha anunciado el gobierno no debe excluir la conducta de funcionarios del anterior gobierno, algunos de los cuales se han quedado en el actual gabinete mostrando con ello su influencia ante el nuevo presidente.

El pueblo reclama un alto rotundo a la corrupción,  pero también a la impunidad.

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD), encabezado por Leonel Fernández,  ya no necesita ser citado como una organización política, sino como un emporio económico.

Ese poderío económico es el producto del saqueo al Estado Dominicano en 12  años de ejercicio.

La justicia debería proceder investigando a los depredadores del Estado.

Esa empresa se ve, sin embargo, quimérica pues el señor Leonel Fernández controla los estamentos judiciales incluso al más alto nivel.

La austeridad que se ha impuesto a los funcionarios públicos es también una buena noticia y puede sentar precedentes si se aplica estrictamente.

Danilo Medina ha prometido que honrará la memoria del expresidente Juan Bosch en una gestión transparente.

La anterior fue turbia, corrupta, despilfarradora, autoritaria, simuladora.

De esa realidad histórica no va a poder escapar el expresidente Fernández que actuó con la mayor irresponsabilidad que gobernante alguno haya procedido en toda la historia dominicana en tiempos de crisis.

Manejó el PLD en el gobierno una cantidad también sin precedentes de dinero, muchos de los cuales fueron a parar a las manos de su Comité Político, integrado hoy por verdaderos potentados con los recursos del pueblo dominicano.

La crisis que vive hoy la República Dominicana es social y política, pero también es moral.

Hay que comenzar a sanear la vida dominicana y nunca será tarde para comenzar.

 

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Editorial

Una Buena Lección a la Politiquería.

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Ha ocurrido lo que nadie esperaba, ya que la gente ha hablado con su decisión de no votar masivamente en las elecciones municipales de este domingo 18 de febrero de 2024.

La abstención en los comicios llega en plazas importantes hasta a un 70 por ciento, lo cual plantea un serio cuestionamiento a la democracia nacional.

Pero es que todos los partidos se han juntado para desarrollar un plan de destrucción nacional más acelerado, más descarado y de vulgar irrespeto de la ética y la moral del pueblo dominicano.

El propio partido oficial, el Revolucionario Moderno, recogió a todas las crápulas que se mueven en el escenario político nacional con una desvergüenza que manda madre.

La gente decente ha quedado estupefacta con la forma en que se quiere hacer política en el país con la creación de una serie de partidos que sólo representan pequeños negocios, son realmente sociedades comerciales para negociar con el mejor postor.

Es tan preocupante el problema que a figuras como Leonel Fernández no le importa presentar como candidatos a  delincuentes o violadores como Julio Romero o personaje tan siniestro como Félix Bautista.

Todo indica que ha llegado el momento que nadie esperaba y es la reacción de una población que ya no aguanta más atropellos y burla de la clase política nacional.

Este periódico en algún momento advirtió de que al país podían llegar autoridades ilegitimas por el curso que ha tomado la actividad político partidista.

Y así ha ocurrido este domingo, porque, por ejemplo, alcaldes como el elegido en Santiago carece totalmente de legitimidad, aunque su elección haya sido legal.

La suerte está echada y ahora se impone el surgimiento de propuestas que acaben de arruinar a estos partidos políticos que no son más que un engaño, una gran estafa en contra del pueblo dominicano.

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Editorial

Como Muestra Basta un Botón.

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El discurso de los partidos políticos dominicanos de promover la ética y la moral, así como la decencia nacional, es una forma de engañar a los que realmente están interesados en que las cosas en este aspecto cambien en el país.

Naturalmente, la compra y venta de votos, que es una afrenta para la democracia nacional, es una acción de los que tienen una doble moral como el Partido Revolucionario Moderno (PRM) y los demás que tienen la misma conducta.

En estas acciones al margen de la ley el PLD, el PRD y la Fuerza del Pueblo no pueden lanzar la primera piedra, a menos que no sea jugar con la mentira y con la doble moral.

Hay que decirlo, el escenario electoral está profundamente corrompido, lo que indica que independientemente de todo lo que se quiera decir la democracia dominicana es fallida y en consecuencia es muy poco lo que se puede esperar de ella.

Y esta no es una afirmación caprichosa, sino que la misma esté fundamentada en el informe de una organización que no es partidista, cuya labor podría en algún momento surtir efecto en la falta de transparencia que adolece la sociedad dominicana.

Visto el informe de las elecciones municipales podría afirmarse que se trata de otro fiasco electoral, una falsa que no parece que se vaya a solucionar por el momento.

Comprar votos a esta altura del juego, para decirlo de alguna manera, como que desmiente los avances institucionales que dice el país que ha tenido en los últimos años.

Lo preocupante y grave del problema es que ahora hasta los que eran críticos de ese comportamiento se han adherido a los que tienen el control del Estado sobre la base de esa práctica.

Estas distorsiones de la democracia dominicana no las ven ni los observadores internacionales que vigilan las elecciones, tal vez porque su misión principal sea vender la idea de que en Latinoamérica y en el Caribe hay democracias fuertes como la dominicana.

Es tan «fuerte» la democracia dominicana que es como un gigante con los pies de barro, que puede desplomarse en cualquier momento.

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Editorial

Transcurren inadvertidas las elecciones municipales.

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No hay ninguna duda de que las elecciones municipales no tienen el encanto de antes cuando la democracia representativa generaban mucho más pasión.

Es un termómetro importante para medir los niveles de pérdida de credibilidad de los gobiernos locales para darles su solución a los problemas que entran en el marco de su competencia.

Pero el asunto estriba en que ya todo en el marco de la administración pública es un verdadero engaño, cuyos políticos andan tras la búsqueda de  de la solución de sus problemas personales, principalmente económicos, más que de las debilidades y deficiencias de las gestiones locales.

Es una crisis de credibilidad que abarca todo el sistema estatal y nadie puede negar que los ayuntamientos han sido un escenario en el que no ha predominado la transparencia.

El “tigüeraje” barrial tiene fácil cabida en los gobiernos municipales, donde los mecanismos de inserción son menos complejos y burocráticos.

Esa particularidad hace que muchos “vividores” logren colocarse en los ayuntamientos para la comisión de travesuras que al final de la jornada se convierten en una razón más para rechazar la gestión municipal y aumentar su deficiencia.

En esa perspectiva no parece lógica la separación de las elecciones nacionales de las municipales, porque la celebración en meses diferentes de las mismas no permite que las deficiencias de los gobiernos locales pasen, hasta cierto punto, desapercibidos.

De cualquier modo, la crisis que se presenta en los niveles de entusiasmos de los munícipes con las elecciones municipales es un reflejo de lo mal que anda toda la democracia.

Sea la oposición o el Gobierno que salga triunfante en las elecciones municipales del próximo 18 de febrero, los resultados de la gestión no será diferente porque seguirá imponiéndose la falta de transparencia en sus autoridades.

Los escogidos del actual proceso electoral no hará la diferencia de un comportamiento que no tiene un régimen de consecuencia y que los que buscan dirigir los gobiernos locales tienen como principal propósito satisfacer intereses particulares, más que colectivos.

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